No contaba segundos en el reloj, no miraba impaciente sus agujas, solo marcaba mi ritmo, la dulce brisa de un verano, que yacía en mi alma, como una rola milonguera, mientras mis bostezos se ahogaban en el fondo de aquel vaso.
Mentiría si dijera que no recuerdo su cara, incluso después de dar tres vueltas al sol, pero lo más impactante fue su gracia y su risa, que llegaba a mis oídos, a pesar del alto volumen del tambor...
Ella bailaba y todos giraban a verla, quien fuera el dichoso que esperara tan ansioso que asomara, ese rostro en la cima de la torre, agraciado de nacer o despertarse, para mí sería lo mismo, al lado de ella cada mañana.
Con el aién más bello que alguien pudiera regalar, claudicaron los temores, la injusticia y mi calma; no debería bajar la guardia, pero todo fue mirarla y que mi corazón fuera eluney, ella se llevaría a casa algo más que una servilleta, y yo algo más que una aurora. Conocí la utopía debajo de su falda, exploré en su cadera, como Simbad una mancha, justo después de que estrellas fugaces que tocamos en el cielo, cayeran en tu alma, en silencio...
Fue una seña cómplice y furtiva, la que hizo acercarme a lo que cambiaría, el curso de mi vida como hasta el momento conocía... no quiero adular, pero debo confesar que su vida también iba a cambiar...
Aun lo hacen... y cambian los caminos, el norte, mi piel... no cambiaron sus ojos, su risa, esa simpática y brutal forma de moverse como si perteneciera al Lago de los Cisnes... cambió mi respiración.
Y yo que no sabía de princesas, fui a parar a sus manos, que hoy deshojan la duda y esos miedos, mientras busca su corona, como un naufrago la ruta de regreso a su casa...
Mientras me quedan sólo las migas que el oasis de su aparición me arroja, el café que se ha derramado encima mio igual que su recuerdo, quema mis días...sin duda esta noche, volveré allí...donde ya no está.
No hay comentarios:
Publicar un comentario