jueves, 3 de enero de 2013

Qué Prefiero No Decir... Qué No Dejo de Pensar


                     La encontré a orillas de una barra, cuando todavía le quedaban algunos días a sus primaveras. Iluminaba con sus ojos el opaco de la sala y su multitud, que cada vez que la miraba, como yo, debía hacer una reverencia, y contener el frío aliento del desconsuelo al que desafiaba con su sonrisa. Acariciaba entre sus manos, mi curiosidad y su vaso, en el que vertía sus congojas arrabaleras,  dudas flotantes, un mensaje o un bostezo, bajo cualquiera de las gotas de luz con las que resplandecía su rostro.
                De toda la colmena, ella era la más bella… la abeja reina a la que todos dedicaban su atención, dispuestos a correr el riesgo de que nos clave el aguijón que fue el beso que le soñé, aunque eso costara la muerte. Mi desvelo fue consecuencia de su encanto, y sumido en el cambalache de su blusa, fue mi condena, pensar qué decir, y qué callar…
                Así, fui recorriendo las horas y mis anhelos, los restos de penumbra que quedaban cuando ella cerraba sus ojos, y mil besos que imaginé y descansaban recostados en sus hombros desnudos que se podían divisar cuando su larga cabellera lo permitía… y su nombre…su nombre fue un misterio, un enigma que temía descifrar y preferí no saber, para no alterar la imagen que regalaba la noche, y tanto disfrutaba ver…y sin nada que perder e ignorante de lo que hube de ganar, deje que se marchara con una pequeña parte de mí…    
                Protagonista de los pensamientos que se cuelan hoy en la copa por la que se precipita este verano, ella siquiera supo de mí. Pero sigo imaginando sus labios de miel, saciando mi sed; sus uñas carmesí viajando por mi mejilla; el perfume en su cuello, que trazaba el mapa al País de Nunca Jamás y creí haber sentido, al pasar a su lado. Vestigios de su cruce por mi camino, del que ella fue ajena y sólo conservo un sabor amargo por su fugacidad, teñido en tonos sepia.
                “La noche debilita los corazones…” y a veces esconde en lo profundo de su oscuridad, sonrisas que rescatarían a cualquiera de las ruinas a las que nos empuja las penas de la soledad… No conocí a esta muchacha, ni ella sabe quién soy... Sin embargo endulzo con el recuerdo de su sonrisa tímida al bajar su cabeza tras el cruce de miradas, y su forma de bailar para quitarle la tristeza a mi ciudad, el café que bebo en su memoria, mientras muevo despacito la cuchara, y veo hacia afuera del bar, con la esperanza que ella aparezca del otro lado de la ventana una vez más…

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