Cautivas el silencio, vacías de palabras mis anhelos e
inspiras mis sentidos con tu ausencia. Oximorón de lo que no me deja ser, de lo
que vierte sobre mí, el rocío de tu huida. Ingresan los claros del alba por la
ventana que lloró tu partida, y se estrellan contra mis ojos rotos que padecen
el desvelo que tiempo atrás me invitaba a un viaje por las colinas de tu
cuerpo.
La tormenta destiñe mis labios de
olvido mientras me cubro de nostalgia, debajo de las sábanas que son las
sierras y esta casa en la que quedaron tus huellas.
Los pasillos, llenos de vos y desafiantes, me regalan la miel, los escondites y el tesoro que escondimos, dentro de la caja de Pandora, aquí en Pehumayén. Y es el blanquinegro del pasado el que riega de cenizas el descontento, el lugar en el que te regalé mis horas.
Camino frente a la puerta de la habitación 109, y me río del sinsentido de nuestras discusiones tiempo atrás, y de la solución que fue tu beso para dejar quieta mi ciudad. Allí se ve tu sombra, tu ombligo, y tu vientre, donde soñé mis melodías…donde resguardé mil risas…donde bebí lo agrio de tu partida.
Y aunque sólo queda la arena del olvido que decanta entre mis manos como el agua en mi gotera, no me atormenta el horizonte que recorren tus pasos en éste momento… todavía estás sentada en aquel banco donde te regalé la primera luna llena bisiesta, con el roce y el abrazo que se colaban por la curva de tu espalda, donde dormía mi paz… todavía escucho tu voz susurrar a mi oído los versos, como latiguillos de un cineasta compulsivo, en los que rimaban tu amor y mi alma.
Y así, alejado de todo mal y toda gloria, mientras veo tus labios marcados en las copas rotas por las que rebalsan el vino y las rosas… mientras suspiro en la almohada la esencia de tus jazmines y deshojo su flor… apareces con tu sonrisa y confío menos en mi orgullo que en mi capacidad para olvidarte. Y mientras vos lees esto, mirando las llaves en tus manos, reposa una lágrima en tu mejilla, y te preguntas “qué estoy haciendo?”…yo me pregunto… “Te dije hoy que te quiero?”.
Los pasillos, llenos de vos y desafiantes, me regalan la miel, los escondites y el tesoro que escondimos, dentro de la caja de Pandora, aquí en Pehumayén. Y es el blanquinegro del pasado el que riega de cenizas el descontento, el lugar en el que te regalé mis horas.
Camino frente a la puerta de la habitación 109, y me río del sinsentido de nuestras discusiones tiempo atrás, y de la solución que fue tu beso para dejar quieta mi ciudad. Allí se ve tu sombra, tu ombligo, y tu vientre, donde soñé mis melodías…donde resguardé mil risas…donde bebí lo agrio de tu partida.
Y aunque sólo queda la arena del olvido que decanta entre mis manos como el agua en mi gotera, no me atormenta el horizonte que recorren tus pasos en éste momento… todavía estás sentada en aquel banco donde te regalé la primera luna llena bisiesta, con el roce y el abrazo que se colaban por la curva de tu espalda, donde dormía mi paz… todavía escucho tu voz susurrar a mi oído los versos, como latiguillos de un cineasta compulsivo, en los que rimaban tu amor y mi alma.
Y así, alejado de todo mal y toda gloria, mientras veo tus labios marcados en las copas rotas por las que rebalsan el vino y las rosas… mientras suspiro en la almohada la esencia de tus jazmines y deshojo su flor… apareces con tu sonrisa y confío menos en mi orgullo que en mi capacidad para olvidarte. Y mientras vos lees esto, mirando las llaves en tus manos, reposa una lágrima en tu mejilla, y te preguntas “qué estoy haciendo?”…yo me pregunto… “Te dije hoy que te quiero?”.
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