jueves, 13 de febrero de 2014

Los Versos Que Te Debo... (Fragmento)

“Esa mañana, como tantas otras, Galia, luego de dar tres vueltas por la cama y ofrecerse a preparar el desayuno, ingresó al baño después de haber puesto a calentar un poco de agua. Allí se lavaba los dientes y se quitaba de a poco el aspecto de dormida. Cepillaba su largo cabello castaño claro, alrededor de cuarenta veces antes de salir de allí. Para entonces, el mate ya estaba preparado, y yo esperando que se sentara a mi lado.
Abrió las ventanas, permitiendo que la luz del sol ingresara e iluminara sus hermosos y radiantes ojos canela. Como era su costumbre, untó con queso y dulce las cuatro tostadas que iba a comer; y encendió la radio para que la música acompañara nuestro despertar.
Finalmente, luego de ponerse su impecable y blanco delantal; lustró el par de botas marrones; recogió su credencial profesional; y perfumó su cuello con mi fragancia favorita. Estrechó mi boca con su beso, dejando el sabor de sus labios, el aroma de su cuello y lo tibio de sus manos en mi rostro. Dejó la esencia de mil jazmines en su camino hacia la puerta, y partió hacia su trabajo en la clínica...”.
Al marcar los puntos suspensivos, Bautista Espósito arrancó la hoja de su libreta, hizo de ella un pequeño bollo de papel, y luego lo arrojó al basurero. Han pasado tres años ya desde aquella última mañana en que despertó con la dulce compañía de su amada Galia Crivelli. Tres años han pasado desde que vió la sonrisa de su mujer partiendo por la puerta rumbo a su trabajo.
Durante tres años, Bautista ha escrito, cada noche antes de dormir, los mismos tres párrafos que refutan la idea rumiante y dolorosa de poder olvidar, hasta el más sencillo o pequeño de los detalles respecto de Galia. Cada una de esas noches, al apoyar su desesperanzada cabeza sobre la almohada, prendía su lámpara, tomaba su libreta del cajón superior de la mesa de luz, y repetía cada una de esas palabras. Sólo después de ello, alguna especie de consuelo aplacaba el dolor que había en su corazón, por no saber nada de Galia en todos esos años.
Claro que él no era el mismo desde aquel entonces. Es decir, sí, aún conservaba su rubio pelo corto y su barba color cobre, combinada con el blanco propio de las canas que la edad le había ido arrojando en su rostro. Pero su aspecto no era el mismo. Sus carnes se habían consumido un poco, por la angustia y la ansiedad que le generaba el continuar viviendo con la incertidumbre que le generaba el no saber si su amada aún seguía con vida...".

Fragmento de Capitulo 1. Libro: "Los Versos Que Te Debo".

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