La noche, fugitiva de mi consciencia, se inclino hacia mi con una copa. Hecha la reverencia, arrodillé mis labios en el tibio vino morado, que recuerdo haber reconocido, en vetas presentes en tus labios.
Promediaba el desconcierto en una noche que por olvido, arrojó a mi memoria el despecho del anhelo, el sinfín de regocijos, el eterno pulso del teléfono en espera, estrépito en mi pecho.
En el filo de los peldaños te vi portando una rosa en tu nariz, con la gracia con la que el jilguero canta sus canciones, con el brillo del farol que lleva de regreso a la costa al náufrago.
Esa rosa que advertía en su perfume, lo melódico de tu carcajada, lo indescifrable de tu tonada, y lo manifiesto de mi silencio; hubo olfateado antes, en tirones, los mismos rencores, miserias y migajas que el crudo invierno nos arrojaba en el rostro.
La apnea de mis palabras, producto de tu tacto, se mudó a las octavas de tu risa, que emanciparon de frío mi piuke. Durante un rato la arena fluyó por nuestras manos, como el agua del río, que se llevó de aquella noche tu tornazol, tu alumbrar y las horas, en que probé tus labios kriptonita, por única vez.
Hoy he abierto otra botella, asome mi nariz a la copa e invoque el benjamín de aquel desvelo, el piano dice que pronto ha de amanecer, y yo, mendigo de tu gracia, te sonrío en soledad.
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