lunes, 24 de febrero de 2014

Llueve

Llueve y se mojan mis parpados
llueve y se borran las huellas,
llueve y se corre la tinta,
aquella que atina,
sin ceño, ni estrella,
a dibujarte serena.

Llueve y me llevas en barco,
en un río enorme cual charco,
que inunda mis ojos de pena
al ver mis manos con barro,
mi casa flotante,
mis sueños de arena.

Descubro debajo del bobo,
una esquirla punzante y silenciosa,
absorbo los aullidos del lobo,
el lodo bombeando mi sangre,
la ola es  ahora una foto,
dolor reflejado en la prosa.

Llueve y te dibujo serena, 
tu rostro es ahora Venecia,
desprende su último suspiro
mi boca besando la roca,
la vida del hombre es muy loca,
que una lluvia lo tiñe de olvido.

jueves, 13 de febrero de 2014

Los Versos Que Te Debo... (Fragmento)

“Esa mañana, como tantas otras, Galia, luego de dar tres vueltas por la cama y ofrecerse a preparar el desayuno, ingresó al baño después de haber puesto a calentar un poco de agua. Allí se lavaba los dientes y se quitaba de a poco el aspecto de dormida. Cepillaba su largo cabello castaño claro, alrededor de cuarenta veces antes de salir de allí. Para entonces, el mate ya estaba preparado, y yo esperando que se sentara a mi lado.
Abrió las ventanas, permitiendo que la luz del sol ingresara e iluminara sus hermosos y radiantes ojos canela. Como era su costumbre, untó con queso y dulce las cuatro tostadas que iba a comer; y encendió la radio para que la música acompañara nuestro despertar.
Finalmente, luego de ponerse su impecable y blanco delantal; lustró el par de botas marrones; recogió su credencial profesional; y perfumó su cuello con mi fragancia favorita. Estrechó mi boca con su beso, dejando el sabor de sus labios, el aroma de su cuello y lo tibio de sus manos en mi rostro. Dejó la esencia de mil jazmines en su camino hacia la puerta, y partió hacia su trabajo en la clínica...”.
Al marcar los puntos suspensivos, Bautista Espósito arrancó la hoja de su libreta, hizo de ella un pequeño bollo de papel, y luego lo arrojó al basurero. Han pasado tres años ya desde aquella última mañana en que despertó con la dulce compañía de su amada Galia Crivelli. Tres años han pasado desde que vió la sonrisa de su mujer partiendo por la puerta rumbo a su trabajo.
Durante tres años, Bautista ha escrito, cada noche antes de dormir, los mismos tres párrafos que refutan la idea rumiante y dolorosa de poder olvidar, hasta el más sencillo o pequeño de los detalles respecto de Galia. Cada una de esas noches, al apoyar su desesperanzada cabeza sobre la almohada, prendía su lámpara, tomaba su libreta del cajón superior de la mesa de luz, y repetía cada una de esas palabras. Sólo después de ello, alguna especie de consuelo aplacaba el dolor que había en su corazón, por no saber nada de Galia en todos esos años.
Claro que él no era el mismo desde aquel entonces. Es decir, sí, aún conservaba su rubio pelo corto y su barba color cobre, combinada con el blanco propio de las canas que la edad le había ido arrojando en su rostro. Pero su aspecto no era el mismo. Sus carnes se habían consumido un poco, por la angustia y la ansiedad que le generaba el continuar viviendo con la incertidumbre que le generaba el no saber si su amada aún seguía con vida...".

Fragmento de Capitulo 1. Libro: "Los Versos Que Te Debo".

martes, 11 de febrero de 2014

La Rosa en Tu Nariz

             La noche, fugitiva de mi consciencia, se inclino hacia mi con una copa. Hecha la reverencia, arrodillé mis labios en el tibio vino morado, que recuerdo haber reconocido, en vetas presentes en tus labios.
             Promediaba el desconcierto en una noche que por olvido, arrojó a mi memoria el despecho del anhelo, el sinfín de regocijos, el eterno pulso del teléfono en espera, estrépito en mi pecho.
             En el filo de los peldaños te vi portando una rosa en tu nariz, con la gracia con la que el jilguero canta sus canciones, con el brillo del farol que lleva de regreso a la costa al náufrago. 
             Esa rosa que advertía en su perfume, lo melódico de tu carcajada, lo indescifrable de tu tonada, y lo manifiesto de mi silencio; hubo olfateado antes, en tirones, los mismos rencores, miserias y migajas que el crudo invierno nos arrojaba en el rostro.
             La apnea de mis palabras, producto de tu tacto, se mudó a las octavas de tu risa, que emanciparon de frío mi piuke. Durante un rato la arena fluyó por nuestras manos, como el agua del río, que se llevó de aquella noche tu tornazol, tu alumbrar y las horas, en que probé tus labios kriptonita, por única vez. 
             Hoy he abierto otra botella, asome mi nariz a la copa e invoque el benjamín de aquel desvelo, el piano dice que pronto ha de amanecer, y yo, mendigo de tu gracia, te sonrío en soledad.