Apareces a mi puerta y tu vestido a media hasta deja caer el cincel con el que los Dioses tallan tu cuerpo. Llega a mi boca tu agua y disuelve temores en mares de espanto, prendida la llama consume en mi hoguera, el colapsante ruido de las manivelas del reloj... no llegas a mi, aún.
Acercas tu paso y rumiantes mis dedos dibujan las lineas de tu boca, mientras devora la luz, el brillo de tu noche, la alondra de tu cielo...no hace falta llegar al beso para estremecer la ruta que recorro desde tus tobillos, ascendiendo a tu rodilla, sofocándome en tu muslo...y llego a la curva de tu espalda con mi lengua de serpiente saboreando los fulgores que ahí anidan como aromas que se clavan en mi paladar. Y escucho el jadeo en tu susurro...respiro tus sales para continuar mi recorrido, sube la temperatura y sube mi boca hacia la cumbre de tus hombros...
Se desguarece tu cuello, dulce lámina cristalina que desemboca en tus pechos, y aparece como oasis que extasiado me decido a probar, mientras no dejo de mirar tus ojos en penumbra y mi tacto...mi tacto comienza a surtir efecto en tu pulso y que eleva su ritmo como tu pelvis en semifusas, eros intrusivo... mi pulgar estrepitoso, marca tu silencio y atormenta tu calma.
Continuo mi proeza, ahora en descenso rumbo a tu ombligo, tu centro... y soy el río, que fluye entre tus manos y se escurre en tu cuerpo para llegar a esa mancha que es punto de llegada y punto de partida...causa y efecto...el vidrio empañado y las marcas de tus manos allí grabadas.
Me decido a besarte, y es este instante, en que tu boca, trémula, impaciente y pronta a marchitarse, humedece todos mis poros... claudican las pieles.
...El fuego...el fuego es todo lo que somos.
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