Cualquier intento de poner en palabras la falta que le hacen tus manos a mi piel, tus dedos a los míos, tus ojos a mi corazón, y tu risa a mis pulmones, es insuficiente. Y cuando el sol se apaga, y el segundero es un cuentagotas, el cielo susurra tu nombre a mi oído, y tiemblan hasta mis uñas.
El vacío se clava en mi almohada y la luna me cuenta historias de vos... de nosotros. Me cuelgo por la trenza de tu pelo hacia la torre donde duermes, sólo para verte ahí y traerme algo de paz de regreso. Despierto sin tus latidos marcando mi pulso. Cansado y sin aliento. Sabiendo que aún existes y que todo empieza y termina en vos.
Los dioses aclaman tu nombre y yo desayuno tu ausencia. Mi paso aletargado se esfuma de mí, para colarse en el colectivo camino hacia tu trabajo. Mi alma se escapa para esconderse en una de tus pestañas, de esas que esperan caer a la comisura de tus labios, camuflarse con el viento y besarte despacio.
Yo escribo estas palabras vespertinas, y aunque acechen los lobos, y vos Caperucita, juegues en el bosque, me seguiré vistiendo de leñador para llenar de calor la hoguera de la sala... donde sólo encuentro tu nombre, tu beso lejano, mi calma perdida, las melodías de la noche, y las estrellas que nos trajimos de aquellos paseos nocturnos.
Te acercas silenciosa, y me cubres con tu sombra. Me cobijas en tus brazos y finalmente concilian el sueño todos los pensamientos rumiantes, haces dormir a la fiera, y tus manos son jardines de margaritas en que se mece mi espalda... Acomodas tu cabeza a los recovecos de mi pecho, y despides el último suspiro de vigilia. Yo me entrego a la fiesta de tu pelo. La vida es todo en cada instante, en que te haces dueña y protagonista de mis anhelos.
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