Hasta ese momento no valía la pena el insomnio. Hasta allí nada había tocado su malecón. Hasta aquel instante no habría por qué volver, y correr las veredas como si se derrumbara el mundo detrás de ellos. Hasta ese momento, lo eterno sólo jugaba con ellos y su luz, enmascarándose, detrás de cada lunes, dentro de cada penumbra.
Él la ve una vez más, y la recuerda. Aún hacen ecos los besos que dejo su última partida. Y ella, no perecedera al tiempo, permanece hermosa, tal vez más. Le susurra los versos que conserva en sus manos, le regala una sonrisa que lo lleva a la cumbre. Corre el frío sudor por su espalda, no existe nada más que eso.
Ella, indiferente por temor, se desdobla al sentir su tacto a metros de distancia; al sentir el olor de su sombra, que aún la acompaña cada mañana, cuando nieva en la cocina, camino al trabajo, allí le alcanza el aleteo de una golondrina; allí la persigue su recuerdo, leal compañero, franca caricia en la sien. Refugio de sí misma.
En ese momento no quedaba nada por hacer.
Se estrechan sus manos, y se detiene el tiempo. La brisa hace sitio en su abrazo, se encienden las luces del día. Siempre es Noviembre en su boca. Camino sinuoso de sus labios por el entremés de su oído. Embarca en las costas de su espalda. Recorre las playas de sus brazos. Se funden en un abrazo.
La calle gira la mirada hacia ellos. La melódica voz de ella cubre de caricias el alma él. Se queda mudo. El aire espera por su palabra. Sólo queda atónito viendo sus ojos, como quien ve una flor abrir paso a la primavera, como el llanto consolador de un recién nacido... pensando que bonita se ve.
Ella siente en su pecho el latir incansable de su bolotón. Alivia su ritmo con una canción de amor. El tiempo no corre. No hay nada detrás de esos metros cuadrados. Y en medio del terror, la rabia y la pasión; detrás del miedo, el fuego y el amor; los besos hacen casta en la luna, ella llega a los cielos, él vuela a su lado. No hay donde ir, no hay porque negarlo... todo era allí un instante divino, un tesoro desenterrado, un momento de confesión.
Hasta ese momento, ningún Tótem había caído. Entra la luz del día y se cuela en sus ojos, rompiendo los cristales del cuarto, haciendo cenizas la litera, secuestrando el sueño más bonito. Abre sus ojos y busca desesperado en sus sábanas. El frío hiela sus manos.
Ella despierta con el pulso acelerado, un bostezo robado, que llega hasta la ventana. El alba, cruel y despiadada, arrebata sus sonrisas.
Bajan la vista. Él mira al sur, ella hacia el norte. Hoy es siempre todavía, y el sueño una promesa, que le escriben al viento, de seguir hasta el final... cuando allí no haya huidas, ni distancias que este lejos... como ahora.
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