Quema el café la bondad que enmascaras con tu discurso y corroe el frío de los pasos que te alejan de mi balcón, tu mentira... ama y desarma.
Sella la cúpula, no dejes entrar una gota de sentimiento, que no suene la bisagra de la puerta esta vez, y si la rompes... ama y desarma.
La borra avienta a tu cara, estrépitos de surcos, vías y malezas donde anduvieron tus pasos. El silencio insoportable y tu espejo empañado... ama y desarma.
Siente el escalofrío que tus sollozos alcanzan y tensan el latido del motor, miel amarga, blanco y negro, la pasión, lo imposible y el recurso... ama y desarma.
Dejate convencer por lo inaudito de tu llanto, cuando recuerdas que el afán de olvido, sólo nutre tu memoria, y te llena de vacío, el oximorón de tu elección... ama y desarma.
Busca en las fotos tus alas de Ícaro, violines de algarabía resuenan en el camino que se abre, decidido y no tanto a ver qué descubres. Ulises no olvida, aunque al final de la partida todo pasa, todo llega... ama y desarma.
Luchas, tormentos, anocheceres y amaneceres inconclusos, desvelos, erices o néctares de lo dulce y difícil que es vivir, son los que comparto a continuación. Como aquellos que leyeron su porvenir en la Borra, a veces miramos el fondo del vaso o de la taza, con la esperanza de encontrar allí aquello que perdimos, aquello que anhelamos encontrar, la clave para vivir, o simplemente algo que pueda darnos una respuesta a eso que nos aqueja, pero que sin duda significa asumir el riesgo de vivir…
jueves, 18 de abril de 2013
miércoles, 3 de abril de 2013
Carta de Antaño
Hola, como estas?
Hace tiempo quiero saber de vos y no me armaba de coraje para escribirte... he comenzado esta carta una y otra vez sin saber cómo encabezarla y el resultado era siempre el mismo... me echaba a reír como lo hacía contigo cuando ya no queríamos hablar.
Mis cosas van bien, aunque aún me duele en los zapatos cada lunes, y los calambres que me genera la rutina hace añicos mi reloj. Ayer almorcé la tarta que preparabas, recuerdas? sabía desabrida, sin embargo la gracia que despertó en mí el hecho, hizo que obviara el mal gusto. En el camino de regreso a casa, compre ese sándwich que tanto relamías en tu boca, mientras sus sabores jugaban en tu paladar.
Hoy te vi en la repisa del living, justo al lado de tus libros de Neruda, Cortazar y Coelho. Hablabas desde la fotografía que te tomé en la que brillaba el mar a tus espaldas... en la que ardía el sol en tus labios, y yo escuchaba atento tus relatos... (sic) debo estar volviéndome loco. El caso es que te echo de menos y cuando siento que estas allí, detrás de la puerta del cuarto, te dedico unos versos, o como ocurrió hoy, un concierto.
Aún debo limpiar la arena que encontré en mis zapatos esta mañana, sorpresa la mía, imaginarás, si hace un año no camino por la playa debajo del muelle. Luego de ello, no me resulto extraño escuchar tu voz o las canciones que fueron el manto de aquella tarde de lluvia, sonar en las caracolas que adornan la sala.
Se dibuja una sonrisa ahora en mi rostro y sé que si llega a tus manos mi escrito, ocurrirá lo mismo. Sin embargo, debo ofrecer un reparo a la incertidumbre...
A pesar que el mar no lleve la botella que porta esta carta hasta tu puerta, y a pesar que la brisa que empuja las hojas de este otoño no forme las olas que besaron tus pies, me queda el alivio de saber que en algún lado, donde quiera que estés, cuando no estás conmigo... estás sonriendo.
Hace tiempo quiero saber de vos y no me armaba de coraje para escribirte... he comenzado esta carta una y otra vez sin saber cómo encabezarla y el resultado era siempre el mismo... me echaba a reír como lo hacía contigo cuando ya no queríamos hablar.
Mis cosas van bien, aunque aún me duele en los zapatos cada lunes, y los calambres que me genera la rutina hace añicos mi reloj. Ayer almorcé la tarta que preparabas, recuerdas? sabía desabrida, sin embargo la gracia que despertó en mí el hecho, hizo que obviara el mal gusto. En el camino de regreso a casa, compre ese sándwich que tanto relamías en tu boca, mientras sus sabores jugaban en tu paladar.
Hoy te vi en la repisa del living, justo al lado de tus libros de Neruda, Cortazar y Coelho. Hablabas desde la fotografía que te tomé en la que brillaba el mar a tus espaldas... en la que ardía el sol en tus labios, y yo escuchaba atento tus relatos... (sic) debo estar volviéndome loco. El caso es que te echo de menos y cuando siento que estas allí, detrás de la puerta del cuarto, te dedico unos versos, o como ocurrió hoy, un concierto.
Aún debo limpiar la arena que encontré en mis zapatos esta mañana, sorpresa la mía, imaginarás, si hace un año no camino por la playa debajo del muelle. Luego de ello, no me resulto extraño escuchar tu voz o las canciones que fueron el manto de aquella tarde de lluvia, sonar en las caracolas que adornan la sala.
Se dibuja una sonrisa ahora en mi rostro y sé que si llega a tus manos mi escrito, ocurrirá lo mismo. Sin embargo, debo ofrecer un reparo a la incertidumbre...
A pesar que el mar no lleve la botella que porta esta carta hasta tu puerta, y a pesar que la brisa que empuja las hojas de este otoño no forme las olas que besaron tus pies, me queda el alivio de saber que en algún lado, donde quiera que estés, cuando no estás conmigo... estás sonriendo.
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