miércoles, 27 de mayo de 2015

Ezeiza 4 Am.

     El silencio de sala de embarque es el reflejo de la penumbra, lúgubre esponja de luciérnagas que, hecho un satélite, pude ver hace poco tiempo atrás...
     La brisa aún veraniega de la madrugada porteña, me transporta al cálido lugar de donde vengo. Mis pies se mueven al ritmo de su merengue, su aire al ritmo del arena, la vigilia al ritmo de los excesos, la bebida y los besos.
     La calle escondida y su voz acallada, sólo guardan recelo por lo que será el huracán de transeúntes que llegará en unas horas...
     Y aquí a mi lado, pasajeros en extinción, ajenos a tu sueño y a tu llanto, con ojos cerrados y profundos, juegan al inconsciente del deseo insatisfecho... y yo sólo quiero trepar por tus trenzas e ingresar a tu balcón Capuleto, para contar mil estrellas y hacerme humo con tu beso.
     Sigo esperando esta llamada... la que me lleva otra vez a emprender el vuelo, escribano de la congoja que lo cotidiano reviste... que intrépido éste que te desviste, que te despierta y que te arropa...
     Hoy mis carnes no son pocas, te lo digo entre copas y entremeses. Mi café, casi tibio, me acompaña en esta fría sala de espera, como la tuya que aguarda mi veda, mi mano, tu ropa...