Una tarde de invierno de 1875, en España, Alfonso XII, escapaba de las tropas carlistas bajo una lluvia copiosa que dificultaba su visibilidad. En la corrida, tropezando, decide dejar en un pozo, bajo un árbol, la cajita musical que su vecina de la infancia le había regalado, una vez que sus padres dieran por concluida su relación furtiva, y tuvieran que mudar sus hogares.
Isabel, como la habían nombrado los padres en honor a la reina de Castilla, había obtenido esa pequeña reliquia por parte de su abuela que la vió brillar en la costa del océano atlántico, en un pequeño pueblo cerca de San Nazareth, en Francia, mientras probaba por primera vez los labios de quien sería su esposo hasta que una misteriosa y silenciosa enfermedad se lo llevara a los 52 años.
Hasta allí hubo viajado durante un buen tiempo, luego de que el pequeño George McGill, tras una pelea con su hermana, arrojara al acantilado con el que colindaba su hogar en Norwalk, esa pequeña pieza que su padre había construido para ella el día de su cumpleaños número 14... sumiéndola en una tristeza enorme y una congoja que se vistió de silencio, y la acompañó hasta el final de sus días.
Wilhelm Turner, un pintor de las afueras de Londres, encontró el artilugio en una de sus visitas a la provincia de Navarra, en España, en la primavera de 1879. Al año siguiente, durante una fría tarde de otoño, mientras tomaba un té y volcaba sobre un lienzo un caudal de inspiración que lo habría equiparado con Da Vinci según pensaba él; un terremoto abatió la ciudad de Argyll, y se llevó consigo la caja musical de fines de siglo pasado, el ganado de algunas familias de campesinos, las colinas volviéndolas rocas, la vida de Will, y su fama inconclusa.
Catarina Teixeira, para alejarse de la tradición familiar de deforestación que databa de tres generaciones, llegó de Brasil a Escocia junto con un fuerte temporal que arremetió sobre la costa oeste del país británico; erosionando las rocas que se hicieron gravilla, la gravilla que luego fue arcilla y cemento, que luego fue cimiento de un molino, cuyas aspas se movieron a causa de un viento de igual magnitud que el que despeinó a Cata en su primera mañana a orillas del Mar de las Hébridas. Al llegar a Speycide, comenzó a trabajar en un campo de cebada, donde pudo ver crecer a su hijo, que vió nacer al suyo y confundir su cabello con la cosecha de la temporada con la que, allá por los años 40, abasteció a una famosa destilería ubicada en Kilmarnock, para la producción de una edición limitada de su mejor bebida, que fue nominada King George V.
El nieto de Teixeira, que llevó el apellido de su abuelo, Smitchz, gracias a una enfermedad y el paso del tiempo, hoy apenas puede recordar algo de lo que fue su agobiante niñez, de puertas placares, ropas oscuras y estrellas, que no eran fugaces y a las que no podía pedirles deseo. Niñez a la que supo encontrar alivio una vez que su padre decidiera partir hacia la campiña francesa, para que el pequeño, ya transformado en adolescente, pudiera crecer en paz.
Carmela Macellari, oriunda de un humilde barrio de Napoles, escuchó las últimas notas de la Novena Sinfonía de Beethoven que el último de los Smitchz tocó en su piano, ubicado en la esquina de un bar que, a cuarenta metros del puerto de Génova, le permitía escuchar el anuncio final de la bocina del barco que la llevaría hacia Sudamérica. Bebió de un sorbo el resto de café, que calentó su pecho para afrontar el frío del desarraigo, que congeló la lágrima que pendía de su mejilla... que se hizo vapor cuando la luz de los ojos de Benicio la encandiló y dejó boquiabierta ni bien pisó la proa, sin imaginarse que cinco años después darían a luz a Alelí. Una bella Ítalo-chilena, morocha ojos verdes, simpática y la primera en su clase de economía, quien a sus veintitantos, al tropezar en la acera de la alameda, luego de carretear una noche con amigos; mientras volvía a su casa, rompió su taco, encontró diez dólares que el azar le regaló y ella decidió devolverle apostándolos en el casino.
Una melodía similar al de la cajita musical cuyos restos yacen en el fondo del Estrecho de Magallanes, salió del reloj postrado sobre la pared de la terminal de buses que llevaba a una afortunada Alelí de Santiago hacia Buenos Aires, donde conocería a Valentín Ambserg, tomando una cerveza holandesa artesanal, proveniente de la ciudad natal de su abuelo, en un After Office de Callao, una bella tarde de verano, como aquella en la que años después recibieron en brazos a Nicolás, que heredó de su madre los ojos, y un color cobre en el pelo de su padre.
Nicolás aguarda ahora la llamada del avión que lo lleva junto a Florencia, su pareja desde hace ya tres años, a sus vacaciones en Australia. Él esconde en su bolsillo derecho una pequeña caja y en su boca una pregunta... las piernas le tiemblan, las manos le sudan, los nervios lo invaden, el miedo le aterra... mira su Flor y se tranquiliza. Ella también esconde un secreto, una sorpresa, una luz y varios desvelos en el futuro; justo por debajo de su ombligo.
Yo los miro desde aquí, sentado en una mesa contigua en el centro de este bar en el pabellón internacional del aeropuerto, donde suena una versión particular de la Novena Sinfonía, mientras espero el arribo del avión que me lleve a mis vacaciones, tomando un Whisky escocés cincuenta años añejo, percibiendo el aroma de la cebada trabajada por los Smichtz y los suelos rocosos del Atlántico Norte; escribiendo sobre este papel reciclado, producto del procesamiento que casi un siglo atrás ya realizaban los Teixeira en Brasil. Afuera, la lluvia copiosa matinal de otoño, como aquella que llevó a Alfonso a esconder su tesoro, dio lugar a un radiante arcoiris vespertino, que se hizo protagonista de miles de fotos de los transeúntes y pasajeros que siguen su camino pautado o improvisado...
Tarareo nuestra canción preferida, huelo tu perfume en la piel de la camarera, pruebo un bocado de una torta similar a la que comíamos los domingos, y pienso en la próxima persona que se siente en esta silla, que beba este trago, que escuche esta dulce melodía, que se siente a mi lado en el vuelo... que lea esto.
Sonrío, pues ya no sé donde empezó el camino, y menos aún... donde terminará...